We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

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We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Kakugo Kasuka el 29/12/14, 11:57 am

Se abre el telón. El mundo se ha convertido en una bicromía de blanco y negro. Un cielo conquistado por el infinito manto de las oscuras nubes grisáceas. No hay viento, pero sí lluvia: frías gotas de agua que caen como agujas sobre la tierra, erosionando silenciosa, metódica y letalmente toda piedra que encuentran en su camino, y azotando cada cuerpo que humedecen con la gelidez de su tacto. No hay edificaciones, solo ruinas. Un mundo en el que el orden no existe, dejando paso al absoluto concepto del caos y la destrucción. Barro, cenizas, escombros, hienas, cuervos. No hay vida, no hay color. No hay alegría, no hay esperanza. Era este el ambiente que me rodeaba. Era este el terrible ambiente que había hipnotizado a mi alma hasta atraerla hacia la destrucción de mi "pacífica vida".

Mis sentidos se encontraban embotados, pero aun así el constante repiquetear de la lluvia representaba en mi mente un poderoso ritmo percutor casi tan acelerado como se encontraban los latidos de mi corazón. Con al mirada abierta a más no poder, los ojos clavados en tierra y los brazos temblorosos, no era la percepción lo único que se negaba a reaccionar, sino que mi propio pensamiento, ese cerebro tan ágil y observador en otros momentos, simplemente... estaba congelado. No quería pensar, no quería analizar, observar, decidir. Todo ello era un trabajo demasiado arduo en ese momento, un trabajo que conllevaría acallar los gritos de las llamas furiosas que resplandecían en lo más profundo de mi ser.

Todo lo que podía ver entre la inmensa oscuridad que me rodeaba... era mis manos, teñidas de barniz carmesí, mientras entre los brazos aun sujetaba y acunaba a una pequeña criatura cuya respiración había parado hacía ya cerca de veinte minutos. Mi cuerpo frío, húmedo y rígido, sin embargo, se negaba a moverse un solo ápice. Temblores, ese era todo lo que podía permitir en su magnánima piedad. Unos labios temblorosos, unos brazos reproduciendo una serie de leves espasmos, los dientes castañeando. Nada más. Se sentía como si no fuera dueño de mi cuerpo. Como si me encontrara en algún tipo de stand-by y no tuviera la capacidad para volver a encenderme por completo. Mas claro... dicen que es este el sentimiento de la desesperanza. La desesperación de haber perdido algo... una vez más. Un cuerpo caído, una prenda teñida de color carmesí. Una tonada fúnebre, cual requiem, resonando eternamente en mi cabeza. "Buenas noches, Sasha... espero que allá donde hayas ido, sea un lugar en el que puedas descansar por fin.".

-Ne, ne, onii-san, onii-san, ¿Podría decirme por dónde se va a Ciudad Crocus?

La aguda voz, de tono dulce e infantil, resonó a mi espalda, instándome a dejar la taza de café en la mesa y girarme en dirección a su dueña. Se trataba de una muchacha de radiante juventud, aventurando podría decir de entre doce y catorce años. Solo con mirarle a sus ojos azulados podía descubrir esa característica inocencia y bondad que antaño había poblado mi propia mirada, pero a la que había tenido que renunciar con el paso de los años. Su cabello castaño claro y su piel aterciopelada, blanquecina y al tiempo rosada en un tono muy ligero, la hacían dueña de una curiosa belleza clásica, sin duda enloquecedora de muchos jóvenes que se enamorarían de ella nada más verla. Sin embargo, sus prendas no concordaban con ese canon. Si bien el cabello era liso y largo, llegando casi a la altura de su cintura -una longitud considerable, aun teniendo en cuenta que la chica no medía más de 1 metro y 55 centímetros-; sobre él se podía avistar un gorro de tela vieja, descolorido. Las prendas que vestía la muchacha eran semejantes: no harapos en sí, pero sí ropas que, a primera vista, se podía decir que llevaban ya vistiendo a varias generaciones de su familia -o las habían obtenido de segunda mano. Unos guantes demasiado grandes para sus manos, unos pantalones holgados y demasiado largos -con una cuerda a la altura de la cintura a modo de cinturón- y unas zapatillas tan desgastadas que parecía que la suela estuviera a punto de desprenderse, eran todo lo que restaba para completar con la descripción de su vestimenta. No cabía duda alguna de que el mérito de su belleza era suyo por completo, y no de cualquier otro elemento que tratara de ensalzar susodicha gracia.

-Está un poco lejos de la posada, pero el recorrido no tiene pérdida. Solo tienes que seguir el camino que sigue a la derecha, nada más salir por la puerta. Calculo que te llevará cerca de tres o cuatro horas andando, pero no hay peligro de que te pierdas.-sonreí amablemente a la muchacha mientras ella asentía a cada una de mis palabras.

Nuestra conversación podría haber acabado ahí, pero se prolongó un poco más allá de estas pocas palabras. La joven se sentó a mi lado con una taza de cálido chocolate. Me explicó que hacía tres días había salido de su casa en Ciudad Crocus para visitar a su hermano, que vivía con su esposa y sus dos hijos en una aldea a otras cuatro horas de camino desde donde nos encontrábamos. Al parecer en el trayecto de ida a la aldea había ido por un camino diferente junto a su hermano, quien la había recogido de Crocus y la había acompañado para que conociera a su esposa y los que eran sus sobrinos. Sin embargo, el trabajo arduo y acumulado había impedido que él mismo pudiera acompañarla de regreso, por lo que la chica había tenido que emprender el camino de vuelta por su propia cuenta. Esto le había hecho salir aquella misma madrugada, cuando el sol apenas había salido, emprendiendo el recorrido de vuelta aun sin tener con total claridad la totalidad de este. Cuando llegó a un punto en el que creía haberse perdido -lo creía, mas no era verdad, solo tenía que seguir el mismo camino que había iniciado tiempo atrás- decidió tomarse un descanso y de paso preguntar para asegurarse de que no estaba errada. Fue así como la conocí, presentándose con el nombre de Sasha y haciendo yo lo propio con el que me pertenecía a mí.

-Ya veo... eres una chica muy valiente, Sasha. Espero que llegues a tu casa sin problemas.

En otras circunstancias yo mismo me habría ofrecido a acompañarla, pero daba la casualidad de que me encontraba precisamente en ese momento de camino a un bosque, donde debía encontrar algún tipo de planta medicinal para entregar al dueño de un herbolario. En definitiva, mi camino era opuesto al de ella, por lo que no podía hacer más que eso: desearle un buen viaje. Fue así como nos despedimos, yo marchando por el camino de la izquierda y ella por el de la derecha. No volví a verla con vida después de eso.

Las próximas noticias que tuve no fueron precisamente buenas. Habían pasado dos días desde nuestro encuentro, y yo me encontraba ya de vuelta en la calle comercial de Crocus, entregando las plantas conseguidas satisfactoriamente. Salía del establecimiento cuando no pude evitar posar mi mirada sobre un par de personas que, al parecer estaban exhuberantes de energía, o eso o era el pánico que poblaba sus corazones lo que se lo hacía parecer. Me acerqué a ellos por simple curiosidad, pus supuse que tenían algún tipo de problema y me pregunté si podía hacer algo para ayudarles -siempre yo con mi espíritu de buen samaritano-.

En cuanto me presenté frente a ellos no me dejaron marchar, agarrándome de los hombros y mirándome con ojos sumidos en la desesperanza. Sus palabras eran demasiado atropelladas, frases inconexas y un mundo de sentimientos que casi lograban opacar lo que me querían decir... pero más o menos logré entenderlo. Según las palabras de la mujer, que en este caso se supo explicar mejor que su marido, hacía dos días que su hija debería haber vuelto a casa. Se fue con su hermano de viaje unos días atrás, pero después de esto había salido ella sola de vuelta; y había sido su hermano el que había vuelto, no ella, trayendo consigo ciertas pertenencias que había olvidado en su casa, sin encontrarla ni hallar huella alguna de ella en el camino. Después de esta explicación intervinieron varias personas que habían estado escuchando, anunciando que últimamente habían aumentado los asaltos y secuestros de jóvenes viajeros por los caminos que llevaban a ciudad Crocus, sobre todo de aquellos y aquellas que se encontraban solos y desprotegidos. Al escuchar esto el corazón de los padres estalló -poniéndose a llorar la mujer y teniendo que aguantarlo duramente el marido-, pero también el mío aceleró en desmedida, y una sola pregunta surgió de mis labios... el nombre de esa chica. Eso era lo único que quería saber, todo lo que necesitaba. Su nombre era Sasha.

Y así habíamos llegado hasta ese punto. Sasha no había aguantado siquiera el tiempo suficiente para reunirse con el resto de esclavos, sino que al parecer la chica les había sido de poca utilidad y la habían dejado tirada en uno de los callejones de Shadow Town, tras profanar su cuerpo, rajar todas sus ropas y quitarle hasta el último hálito de vida. No sabía realmente lo que había pasado,porqué habían decidido primero llevarla con ellos y después desecharla como si fuera basura, pero... sus actos habían sido imperdonables. La figura que se encontraba en mis brazos, desfigurada y marcada por la tortura y el dolor pasados, era demasiado diferente a aquella belleza indiscutible que encontrara un día en una posada del camino. Había llegado tarde... demasiado tarde. Primero no fui capaz de ayudarla, por mi culpa y mis indicaciones fue secuestrada, y después fui incapaz de llegar a su lado antes de que la señora parca la bañara con su gélido abrazo...

Y llegó la desesperación primero, la tristeza después, seguida con el tiempo de la ira y finalmente... de la calma. No fue un rápido transcurso, demasiado denso, con cambios turbulentos y dementes en el interior de mi mente y mi corazón, luchando un sentimiento por sobreponerse al otro, haciéndome temblar y gruñir, tensarme y relajarme... para finalmente llegar al estado de aceptación. Dejé el cuerpo de la joven, ya en mis brazos por una larga hora, en el suelo, quitándome la túnica color marrón que portaba como abrigo y tapándolo con esta. Mi cabello dejaba caer el agua como si se tratara de una cascada, y esta se deslizaba por cada poro de mi piel, pero esta se encontraba a una temperatura tan alta que casi lograba que las gotas acuáticas se evaporaran al contacto. Mi cuerpo se incorporó aun con los ojos cerrados, irguiendo mi posición cuan alta era, y seguidamente respiré profundamente. Ya había pasado todo... ya había mostrado suficiente debilidad... ya no era el momento de dudar y arrepentirse de lo pasado... ahora era el momento de hacer pagar a aquellos que había causado esta desgracia. Hacer que los ríos de agua que corrían por cada calle de este lugar, se convirtieran en ríos bañados en la sangre de aquellas personas que habían convertido en impura la más grande de las inocencias. No quedaría uno solo con vida... no dejaría que salieran de aquí sin haber sabido bien lo que era el verdadero infierno.

Mis ojos volvieron a abrirse, y por primera vez en mucho tiempo esos óculos color ámbar no parecieron mostrar dulzura, comprensión, honestidad o tristeza... se bañaron en el más puro e intenso instinto sediento de sangre.

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Re: We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Invitado el 29/12/14, 01:31 pm

Un mundo de tinieblas se extendía hasta más allá de lo que percibían los ojos, un manto de nubes impedía la entrada de cualquier tipo de luz, allí el color cálido se hallaba sometido al tirano desolador gris. Ninguna construcción se alzaba desafiando al cielo, ninguna edificación se mantenía en pie con orgullo, las ruinas predominaban en aquel lugar tan alejado de todo, no había musgo creciendo entre sus grietas, ninguna planta crecía en aquel escenario sacado de un cuadro de terror. Espesas gotas heladas descendían del cielo, mordiendo todo aquello que se interponía en su camino al suelo, esparciendo una sensación gélida allí por dónde caían. El terreno fangoso amenazaba con hundir en sus arenales a los incautos, las hienas y los cuervos, carroñeros ambos, rondaban en busca de presas débiles. Un olor extraño flotaba en el agrio aire, un olor parecido al aroma que desprende la muerte, la oscuridad reforzaba la sensación de inmenso vacío, de desesperación, de soledad.

Un joven avanzaba ajeno al escenario que transcurría a su alrededor, sus ojos mostraban una frialdad que casi parecía inhumana mientras caminaba con paso lento a través del barro que mordía sus botas negras. Ropa negra, figura negra, cabello negro, parecía fundirse con el ambiente, parecía pertenecer a él. Las gotas caían por su rostro imperturbable y pegaban el cabello a su cara, si aquello le suponía una molestia no daba signos de ello. Un silbido agudo ascendió por su garganta y se proyectó al exterior produciendo un sonido vibrante y autoritario, aquella acción provocó un estallido repentino de borroso color amarillo que a medida que se acercaba se definía con el contorno de una pequeña ave.

- Chocobo... - Susurró el joven al mismo tiempo que abría ligeramente la chaqueta invitando al animal a entrar en ella, el llamado Chocobo entró tras soltar un casi inaudible gorgorito y se acomodó dentro del bolsillo interior -Bien... - dijo el peli-negro sin mostrar emoción alguna en sus palabras. Después de aquello el silencio de sonidos que no fueran el repiqueteo de la lluvia volvió a reinar. El joven no parecía seguir un camino concreto, se dejaba llevar por sus pies sin determinar una dirección, el paisaje había cambiado dos veces desde que el antojo de moverse se había apoderado de él, primero una pequeña montaña, luego un bosque que se había recuperado rápidamente del incidente de los dragones, y ahora un paisaje desolado que era por el cual avanzaba sin acobardarse por el tiempo que hacía.

El tiempo no transcurría para la figura oscura que se mantenía a flote en el fango, en aquel momento todos sus sentidos y emociones se encontraban en calma en su interior, una paz vacía y sin sentido inundaba su ser más aquello no estaba destinado a durar mucho más porque el tiempo es imposible de parar y si caminas al final acabas llegando a algún lugar. Unas luces titilantes y débiles se reflejaron en el mar gris y turbulento que eran sus ojos, su ceño se frunció ligeramente a la vez que una mano acariciaba inconscientemente una de las armas que portaba a ambos lados de su cadera, una ligera molestia gruñó en su interior. Su "alma" deseaba en aquellos momentos la soledad pero parecía que ésta iba a ser interrumpida, aquello no le gustaba, no le gustaba nada. De nuevo la molestia gruñó, esta vez más fuerte. A pesar de todo aquello sus pies no se detuvieron, continuaron avanzando haciendo que las luces fueran creciendo en tamaño y, muy ligeramente, en intensidad.


- ¡Alto ahí! - gritó una voz, claramente de hombre, cuando el joven se hubo acercado tanto a la fuente de su creciente incomodidad que veía perfectamente los rasgos de aquellos que habían perturbado su camino. Se trataba de un grupo de nómadas, o eso parecía pues la zona estaba ocupada por un grupo de caravanas y hombres que se conglomeraban alrededor de las pequeñas hogueras que con mucha suerte sobrevivían a las cuchillas heladas que descendían inmortales. - ¿Quién eres tú? - Le impetró un segundo hombre que se había acercado con el que le había dado la "bienvenida", este último portaba una espada de metal embotado. La mirada del joven se afiló y una expresión depredadora se extendió por su rostro - Estáis en mi camino - gruñó siseando las palabras al mismo tiempo que su mano derecha aferraba con fuerza el arma que descansaba a su diestra.

Cualquier persona normal se hubiera pensado mejor lo que hacer a continuación, seguramente se hubiera dado la vuelta y hubiera corrido hasta alejarse cuanto antes de aquel peligroso grupo, porque peligroso era. Todos los hombres portaban armas, algunas de tosca madera, otras de metal mejor o peor cuidado y un pequeño grupo de cuatro integrantes portaba capas que parecían distinguirlos del resto como si tuvieran más rango que los demás. Pero el joven que allí había llegado no era precisamente normal y a pesar de su gran capacidad racional en aquel momento su "alma" le pedía que se deshiciera de aquellos que habían osado perturbar su calma. - ¿¡Me estas escuchan-....?! - El hombre desarmado cometió la desfachatez de agarrar violentamente el hombro del joven que con un rápido movimiento y sin que tuviera tiempo a reaccionar, desenfundó su arma y cortó con ella la garganta del hombre. La sangre brotó como si de una fuente se tratase al mismo tiempo que el guardia con una expresión de profundo dolor en el rostro se llevaba las manos al cuello y caía al suelo muriendo pocos segundos después sin poder proferir siquiera un sonido.

- ¡Maldito! - gritó aquel que sí iba armado que con furia de venganza en los ojos agarró con fuerza la espada que poseía y se abalanzó contra el que había acabo con la vida de su compañero.

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Re: We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Kakugo Kasuka el 29/12/14, 03:55 pm

Un extraño sonido había llegado a la ciudad del pecado. Un sonido chirriante, metálico, escalofriante y al tiempo... mortífero. Ligero como una brisa, como un susurro, pero tan intenso como el sisear de una serpienta, como último suspiro salido del pecho de una persona con vida, aquel que la convierte en un ser inerte. Una niebla de misterio había inundado las calles, arrebatándoles la nitidez en la que antaño estuvieran bañadas. Parecía fantasmagórica esencia, presencia espectral, la representación de todas aquellas vidas arrebatadas en tiempos pasados y presentes por aquellos que poblaban el mundo de las tinieblas. Habían vuelto para reclamar su venganza, para enaltecer la rabia de aquel dios de la muerte que arrastraba su arma mortal por la dureza del asfalto en medio de la calle... mi ira.

Sin embargo, yo no pensaba en fantasmas o espectros. Solo sentía una total e implacable calma. No era consciente del sonido que estaba causando el deslizar de mi espada, ni tampoco del mortal aspecto que mi faz y mi figura expresaban con absoluta grandeza. Ya no oía nada, no sentía nada, no pensaba nada... miento, todo lo que podía sentir era el implacable deseo de hacer justicia. Sangre por sangre, ojo por ojo... vida por vida. Era lo justo, ni más ni menos: intercambio equivalente. Aquellos que juegan con la vida ajena, no merecen que su propia existencia sea respetada. Por eso, aunque tuviera que convertirme en un asesino, aunque tuviera que transformar mi apariencia en la de un demonio... lo haría. Mancharía mis manos, ensuciaría mi alma, cargaría con cuantos pesados fueran necesarios... todo para lograr enmendar aquellos errores que me marcaran en el pasado.

Ojos asustadizos, tímidos y temerosos venían de todas direcciones. Ratas, lobos, hienas, cuervos, un sinfín de animales que eran capaces de percibir la sensación de peligro, su instinto les hacía saber que aquel ser no era un sujeto cualquiera... no era alguien a quien fuera inteligente hacer frente, no en ese momento. Como un dios de la muerte caminante, a falta tan solo de la túnica y la guadaña en el lugar de la espada, mi figura era respetada y temida, haciendo que no fueran más que los seres ineptos, incapaces de decir cuándo se vida se encontraba al borde del abismo, los que se abalanzaran como fieras y sangrientas bestias, para convertirse en poco más que peso sin sentido, carne muerta. Esa era la raza humana, y tal su arrogancia, capaz de hacerles creer que se encuentran por encima de dioses y dragones, más allá de lo divino y lo mundano, por encima de todo. Nada más que ignorancia, solo estupidez, una enfermedad intratable para aquellos que viven ciegos por la quimera de un poder inalcanzable.

Y el dios de la muerte llegó a su destino... o eso presintió. Si era el lugar correcto, aun no lo sabía con certeza, mas ese era el mensaje que su hirviente sangre le decía. Sí... eso era lo que me decía mi instinto... o quizá solo era que mis profundos deseos de bañarme en líquido carmesí no podían retenerse por más tiempo. Al quedar parado frente a una plaza, un amplio terreno de barro y suciedad, mi cabeza, antes clavada la mirada en el monótono y sólido suelo, empezó a alzarse hasta obsequiar al mundo que se le mostraba con considerables dosis de... indiferencia... silencio... mortandad. No fueron pocas las miradas que se clavaron en su dirección: eran más de treinta, pero no más de una decena se giró en mi dirección, mientras que la otra veintena observaba con cierto asombro lo sucedido en otra dirección.

-Tú, niñato. ¿Se te ha perdido algo aquí?-bravuconeó uno de los varones de mayor tamaño, tan alto como un oso y robusto como un rinoceronte.

Paso a paso, la distancia que me separaba del grupo congregado alrededor de una hoguera, cubierta y protegida de la lluvia por un toldo, se reducía inminentemente. Y en respuesta al saludo, con sencillez y la frialdad del silencio, alcé mi brazo derecho y lo extendí cuanto podía: aquel con el que blandía mi espada, colocando esta en horizontal por completo. Interpretando mi acto como lo que era: una amenaza, nada más que una risotada sonora y grave surgió del pecho de aquel salvaje, quien acabó por ponerse en pie y al mismo tiempo que yo caminaba en su dirección, él lo hacía en la mía.

-No sé si eres valiente o estúpido, niñato, pero la verdad... ¡¡Es que no me importa una mierda!!

En cuanto estuvo lo suficientemente cerca de mí la bestia dio un salto en mi dirección, alzando el brazo derecho, preparándolo para golpearme... y como el brazo de un muñeco desmontable, se separó de su cuerpo. El movimiento de mi miembro fue sutil, veloz y ajustado, atravesando al enemigo a través de la axila sin resistencia alguna, gracias a la fuerza y la celeridad del impacto. Ni se vio venir, la única diferencia apreciable fue que la espada y el brazo habían pasado de encontrarse en posición horizontal a vertical, estirado cuanto podía en dirección al cielo. La pintura rojiza teñía su hoja, del mismo modo que bañaba ahora el suelo y el costado derecho de su cuerpo. Un segundo. Silencio sepulcral, incluso el cuerpo del envalentonado sujeto había quedado congelado en el tiempo... y la afilada hoja de mi arma volvió a caer, esta vez atravesando el cuello enemigo de un lado al otro, y posteriormente descendiendo a la altura del hombro para acabar saliendo por el lugar de la axila izquierda. Dos segundos. El cadáver cayó, con los dos brazos separados de él y la cabeza rodando cual esfera giratoria. Sangre a borbotones, en mi arma y en mi faz, recibida por el salpicar del golpe y el posterior derrame del líquido rojizo. El sonido del cuerpo estrellándose contra el suelo sonó tan fuerte como el de un pilar de piedra quebrándose y dividiéndose en un sinfín de partes inferiores.

Paré en seco, con el muerto a mis pies, la mirada alzada y retadora clavada en el grupo de boquiabiertos sujetos, quienes al parecer se habían encontrado al mismo tiempo con más de un obstáculo inesperado. Y aquello no era más que el preámbulo... la matanza de Shadow Town había comenzado.

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Re: We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Invitado el 29/12/14, 05:20 pm

El rostro del joven se había convertido en una máscara de ira carmesí, sus ojos afilados observaban con intenso odio como el cuerpo del segundo hombre caía inerte al suelo mientras realizaba un movimiento brusco de su arma haciendo que la sangre que se desprendía de ésta dibujara una línea roja en el suelo. El impulso que momentos antes le había dictado dirigirse hacia ningún lugar le ordenaba ahora quedarse y acabar con todas aquellas personas que habían osado interponerse en su camino, no debían encontrarse en aquel lugar, no debían existir, no merecían vivir. La furia brotaba de él como la sangre había brotado del cuello del guardia, incontrolable, imparable, nada se podía hacer contra ella, solo quedaba pues saciarla. Con mano firme desenfundó su segunda arma y cruzó los brazos por delante de él quedando las armas también cruzadas, sus ojos relampaguearon a la vez que todos los músculos de su cuerpo se tensaban, como el depredador se prepara para atacar a su presa. Su instinto sangriento estaba desbocado, emitiendo un fuerte aura que no presagiaba nada bueno, unos cuervos curiosos que se habían acercado por el olor de la sangre derramada levantaron el vuelo despavoridos, lo mismo hizo Chocobo que salió del bolsillo del joven y se alejó de él. No había que preocuparse por que el pequeño animal no volviera pues siempre volvía con su dueño.

La alarma había sonado en el campamento, comenzaron a salir más hombres de las caravanas y otros tantos ya se dirigían hacia Akito armas en mano y clamando venganza por sus compañeros caídos. No esperó a que llegaran hasta él, inclinando ligeramente el cuerpo hacia delante comenzó a correr hacia ellos a la mayor velocidad que le permitían sus largas piernas, completamente controlado por sus ansias de acabar con la vida de todos aquellos que se encontraban allí. A pocos metros del primero de los hombres que arremetían contra él, Akito paró en seco su carrera y dirigió con violenta fuerza su tonfa derecha hacia la cabeza de su presa la cual paró el golpe con su espada metálica desgastada, más el golpe le desestabilizó oportunidad que aprovechó el joven sin dudar que con un limpio movimiento de su tonfa izquierda mandó la cabeza del hombre lejos de su cuerpo. La sangre salpicó el rostro de Akito haciendo que su expresión se pareciera más al de una bestia que al de una persona - ¡No deberías estar aquí! - les espetó con rabia. El odio que sentía por ellos estaba patente en cada una de las letras pronunciadas, en cada uno de los movimientos de su cuerpo, en los feroces ojos que contemplaban con hambruna de guerra todo lo que le rodeaba.

Comenzó así el banquete, el baile, la fiesta. Todo teñido del color rojo que escapaba de los cuerpos que iban cayendo uno detrás de otro con golpes sordos al suelo embarrado. Akito era el bailarín principal de aquella velada, se movía con movimientos gráciles y elegantes a la par que mortíferos, sesgaba vidas como si de podar el césped se tratase pero por más que hundiera sus armas una y otra vez en la carne ajena parecía no saciarle. Parecía que solo se movía de un lado a otro sin tener un destino claro pero aquello solo era apariencia, los hombres de las capas habían desaparecido de su campo de visión pues otro tumulto se había iniciado en el extremo alejado a dónde se encontraba él, pensaba ir a por ellos, deseaba derrotarles más que a los demás, algo en su instinto le decía que aquellos eran las presas que merecían la pena no a los que estaba derrotando que no llegaban ni a cachorro. Así fue abriéndose camino con sus tonfas hacia el lugar dónde suponía que estaban a la vez que continuaba enfrentándose a todo aquel que osaba luchar contra él.

La luz del pensamiento racional desaparecía poco a poco de los ojos del joven que se entregaba por completo al frenesí de la batalla, si hubiera estado un poco más atento quizás se hubiera dado cuenta de que pocos hombres acudían a su encuentro, por el momento había abatido a poco más de una docena armada con armas toscas, lo que significaba que había otro problema con el que estaban lidiando pero inmerso como estaba en la sangre que ya le cubría todo el brazo derecho no se dio cuenta de todo esto. Un gruñido ronco brotó de su garganta a la vez que el instinto se apoderaba totalmente de él, había olvidado incluso su objetivo inicial de buscar a los hombres con capa cuando algo le devolvió con violencia a la realidad. Tras acabar con el último de los hombres que se suponía formaba parte del apoyo, Akito se irguió cual era y dirigió todos sus sentidos hacia su derecha, sus ojos se entrecerraron a la vez que un pequeño escalofrío le recorría la columna vertebral. - Interesante... - murmuró mientras una sonrisa afilada se formaba en su rostro y su cuerpo se movía guiado por aquello que había llamado poderosamente la atención de Akito... una sed de sangre comparable a la suya. Su enfado estaba lejos acabarse y aquello que había sentido no le aplacaba de ninguna forma, era como echar más leña al fuego.  

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Re: We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Kakugo Kasuka el 30/12/14, 08:46 am

La raza humana es débil. Débil como un muñeco en manos del sádico niño, aquel que disfruta arrancándole cada parte de su endeble cuerpo hilado. La piel del brazo cede con demasiada facilidad. El metal la traspasa sin esfuerzo, enviando un claro mensaje al cerebro: duele, duele mucho, duele tanto que quiero desmayarme. Mientras la hoja sigue deslizándose, deja a su paso el comienzo y creación de un nuevo mar rojo. Si el corte es lo suficientemente profundo se encontrará con duros obstáculos de considerable solidez, junto a otros densos y fuertes, aunque no tan resistentes como los primeros; mas también estos pueden ceder frente a la fuerza de lo sobrehumano: con un golpe seco, un profundo "crack" y un grito de dolor que rasga el aire como si intentara opacar cualquier otro sonido que por él se pudiera transportar. Después, e miembro simplemente se desprende de su lugar, cayendo al suelo como peso muerto, reanudándose el proceso con aquel hermano gemelo que, aterrorizado, no tiene más opción que la de esperar el mismo demente final. Y también este acaba cayendo, desprendiendo rozo barniz, pudiendo entrever blanco hueso y denso músculo, dejando atrás un cuerpo tambaleándose entre espasmos, el cual no cae en brazos del dios shinigami hasta que la hoja asesina pasa a través de su cuello como si de mantequilla se tratara, volando la cabeza por los aires y estampándose finalmente sobre el suelo, al igual que el resto del desmembrado ser.

Uno a uno, las "valientes" e "intrépidas" bestias se lanzaban encima de su depredador, amenazando con apuñalarle, aplastarle la cabeza, ahogarle y romperle hasta el último de sus huesos. Demasiado fácil, la inocencia de aquellos entes al creer que podrían siquiera acariciarme un cabello era... repulsiva. Era cuestión de un solo segundo: un movimiento ligero hacia un lado: el ascenso de la espada, un brazo menos, dos brazos menos, fuera la cabeza. Me atacaban por la espada: sin moverme la espada empuñada pasaba por mi costado, sin siquiera rozarlo, y atravesaba por completo el estómago del rastrero atacante. Seguidamente, un rápido giro de 360 grados era todo lo que restaba para que la hoja del arma hiciera un tajo ascendente y se separara finalmente de la carne inmunda: dejando el cuerpo partido en dos mitades de  cintura hacia arriba. Ni siquiera era necesario separar la cabeza, ya caía al suelo como peso muerto y se desplomaba sin fuerza alguna. Y yo seguía avanzando: paso a paso, centímetro a centímetro, con un gesto imposible de leer. Uno... dos... tres... diez... quince. Uno a uno los cuerpos seguían cayendo, con sus sesos desparramados por el suelo, sus ojos abiertos como platos y sus bocas apestosas dejando escapar el aliento alcoholizado. Poco a poco, incluso seres tan estúpidos como aquellos, iban entendiendo la situación, y pasaban a comprender que no había otro camino para seguir vivos al final de la noche que correr, correr y huir tan lejos como pudieran.

Ahora bien... si es que podían. En cuanto uno de ellos me daba la espalda mi lento paso se convertía en un rápido salto hacia el frente, lanzando un tajo sobre su cintura para que se separaran la parte superior y la inferior del cuerpo. El siguiente ataque era una respuesta frenética vengativa de alguien con pistola en mano: pulsando el gatillo cuantas veces podía para perforar mi cráneo con aquellos pequeños proyectiles. La espada se movía entonces como un fantasma, rápida y precisa, partiendo en dos sin más cada uno de los intentos asesinos y haciendo que cayeran ligeros e inofensivos como eran en esa forma. El ataque que seguía caía sobre las manos del enemigo, cortándoselas secamente y haciéndole soltar el arma de fuego, mirándome con esos ojos con los que uno observa a un intimidante demonio, alguien a quien no se puede comprender... pero a quien sabes que jamás podrás superar. La hoja de mi espada se lanzaba hacia el frente y simplemente atravesaba su cráneo, bloqueando y anulando todo proceso mental antes de hacerlo unirse a la pila de cadáveres.

Muerte... muerte... muerte... muerte a mis pies, muerte a mis espaldas, muerte al frente... y sin embargo estaba calmado. Sin el más mínimo sentimiento de desespero, de ira o de descontrol... seguía tan calmado como me encontraba cuando todo había empezado. Ya no se podía decir si el color de mi piel era blanco o rojo... mis prendas se habían oscurecido por completo, y no precisamente -o exclusivamente- por absorber el agua de la lluvia. Ya no quedaban víctimas... ya no quedaban débiles... solo cuatro: cuatro enemigos al frente, cuatro sujetos ataviados con una túnica azabache y portadores en sus manos de lo que parecían ser báculos. Brujos. Es decir: magos. No tuve ni que planteármelo, pero tampoco me importó en lo más mínimo. Podía sentir la energía mágica arremolinarse a su alrededor, demostrando que estaban convocando algún tipo de macabro ritual... ¿Qué importaba en realidad? Paso, paso, paso, paso. No más de dos metros me separaban ya de su posición, antes de que pronunciaran la última de las sombrías palabras iban a perder aquel esbelto y musculoso cuello que unía cabeza con torso.

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Kakugo Kasuka
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Re: We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Invitado el 31/12/14, 06:54 am

Las botas de Akito se pegaban al fangoso y resbaladizo suelo que parecía intentar hacerle caer con todo su empeño al barro de color carmesí. Las ropas del joven presentaban una apariencia similar al terreno que pisaba, tanto sus pantalones como su camiseta estaban llenos de sangre que goteaba junto con la lluvia hacia el suelo, a pesar de lo que pudiera parecer ni una gota de aquella sangre era suya, toda pertenecía a los diferentes sujetos cuyos cuerpos inertes descansaban en el suelo, no habían conseguido ni hacerle un rasguño. Las ropas habían adquirido una notable pesadez debido a la humedad que desde hacia buen tiempo habían estado absorbiendo más aquello no molestaba en absoluto a Akito quien, en aquel momento, solo tenía sentidos para aquello que le atraía de manera irremediable. Su curiosidad se había encendido y era inapagable. Dos fuerzas se debatían en su interior, una que le empujaba a continuar con la matanza iniciada pues todavía perduraba el enfadado porque le hubieran irrumpido y otra que se empeñaba en que actuase como frio calculador y observase desde lejos lo que hubiera de acontecer a continuación. Por el momento ninguna de las fuerzas lograba superponerse sobre la otra.

Conforme sus pies avanzaban en la dirección deseada, la sed de sangre ajena que había sentido se hacía más fuerte a la vez que algunas figuras se definían poco a poco ante sus ojos. Sus pasos se fueron haciendo más lentos hasta detenerse a una distancia prudencial de la escena, sus ojos recorrieron lentamente el escenario para al final dirigirse con intensa indagación. Todo el terreno se hallaba cubierto de cuerpos desmembrados hundidos en una gran cantidad de sangre espesa que no llegaba a secarse, debido a la lluvia, conservando el color rojo brillante. Los cuatro encapuchados a los que había estado buscando se encontraban allí, con una posición arrogante, enfrentados a un joven bermejo. Una sonrisa depredadora se extendió por la cara de Akito al comprender que el origen de tal matanza no había sido otro que aquel joven que espada en mano avanzada lentamente hacia sus presas, sus ojos relampaguearon. Su intuición y sus sentidos le decían que no debía enfrentarse a aquel muchacho, que era peligro y estaba a un nivel muy superior al suyo pero no pensaba permitir que alguien le robase las presas, aquellos hombres ocultos en capas eran el trofeo de su caza y de la de nadie más.

Con suicida coraje y la ira borbotando en su interior, Akito se agachó y recogió una de las múltiples cabezas que reposaban por doquier en el suelo separadas de sus correspondientes dueños y, tomando impulso con la pierna derecha, la lanzó con fuerza contra el hombre que se encontraba más cerca suya. Acto seguido pateó un brazo que voló y aterrizó en medio del desconocido y los encapuchados - Son mis presas - dijo con un tono que dejaba claro que no estaba contento con lo que ocurría. Sus acciones tuvieron la repercusión que esperaba, su presencia se había hecho visible, ahora solo quedaba hacer que no pudieran olvidarla.

Antes si quiera de que pudiera avanzar un solo paso notó una punzada en la mejilla y como algo cálido descendía por ella, por acto reflejo llevó la mano a la zona para comprobar como ésta se manchaba de un fino hilillo de sangre. Alzó la mirada con ira para encontrarse con que el hombre en el que había impactado  la cabeza se encontraba más cerca y girado hacia él con la mano extendida. Sus ojos se abrieron a la vez que su expresión se teñía de odio y desprecio - No debiste hacer eso... - dijo amenazadoramente al mismo tiempo que sus músculos se tensaban y alzaba las tonfas adquiriendo posición de combate. Su sed de sangre que se había amortiguado volvió a renacer con más fuerza que antes, quedando al mismo nivel que a la del joven desconocido.

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Re: We are not meant to be saints... we are meant to be angels [Akito Ozaki]

Mensaje por Kakugo Kasuka el 06/01/15, 06:22 am


Ambientación


Los demonios deberían habitar el infierno, y no tierras mundanas en las que el ser humano, débil en mente y cuerpo, puede ser afectado por su caótico poderío. La ira se convierte en maligna energía, y el odio, la muerte y la sangre derramada la acompañan como la conjunción de voces que conforman un macabro coro. Relámpago, fugaz luz cegadora que proclama la llegada de la tormenta. Chispear, flui, gritar, agonizar. Paso, paso, paso, paso. Con la mirada entrecerrada, con los labios sellados, la respiración calmada, la mano firme, la espada deslizánte y chirriante a su paso por el suelo. ¿Tienes miedo? Parecían enunciar esos ojos como glaciares; pues esto no es más que el principio. Sin duda, el miedo era palpable. Cuerpos temblorosos, palabras cada vez más altas, a voz en grito, y rimas desordenadas aun sin perder su oscuro transfondo. Los pobres corderos temían la llegada del lobo, quien sin enseñar sus afiladas fauces ya demostraba ser capaz y estar dispuesto a arrancarles sus débiles cabezas del resto del cuerpo. Ah... pobre maldad, que te permite arrebatar tantas vidas como gustes, pero en cuanto llega el momento de que alguien te arrebate la propia, no sabes hacer otra cosa que temblar y rogar a dioses en los que jamás creíste por piedad y bondad. Hipocresía, locura, fanatismo, desesperación. Todos estos son elementos del alma débil y pecaminosa, ese tipo de alma que no merece siquiera tener un lugar en este mundo que nos ama y protege.

Flash. Mis pensamientos quedaron bloqueados, interrumpidos por la percepción de un cambio en el ambiente. La reacción fue instantánea. Un salto hacia el frente, dejándome a apenas un metro de la posición de los cuatro sujetos enemigos, me puso en medio del trayecto de un proyectil y su objetivo. Mi brazo derecho se alzó como un relámpago, lanzándose en dirección al duro cráneo y repeliéndolo con un simple y rápido movimiento, devolviéndolo allá por donde había venido para que impactara de lleno en la cabeza de su lanzador. La fuerza del golpe de rechazo fue tal que un "crack" fue escuchado claramente, simbolizando la quiebra interna de aquel esqueleto inerte que aun conformaba la estructura de la cabeza. Tras el rechazo de la ofensa, sin mostrar el más mínimo ápice de ira o indignación, mi gesto se dirigió lentamente en dirección al que parecía ser el quinto componente de la ecuación -contándome a mí como el sexto-. Mis helados ojos ambarinos se clavaron firmemente y sin emoción sobre la masa de ira y salvajismo que desbordaban los de aquella criatura, un ser cuyo cuerpo también se veía bañado por carmesí líquido, desbordando por cada centímetro de su cuerpo. También él parecía haberse llevado su parte de diversión en el banquete, pero...

-Fuera.-siseó una voz que parecía ser la mía, mas al tiempo la de un muñeco sin corazón ni alma- Si no tienes nada que ver con ellos, fuera.-las palabras no eran pronunciadas con fuerza, sino con sutileza y serenidad, apenas superponiéndose al fuerte sonido de la lluvia- Si insistes en entrometerte, no serás más que un estorbo...-para acabar el corto mensaje mis ojos se entrecerraron, los puños y todos los músculos de mi cuerpo se tensaron, y un primer atisbo de emoción se dejó entrever en mi tono: un escalofriante instinto asesino- Y los estorbos no son menos despreciables que las víctimas que no merecen vivir.

Después, silencio sepulcral. Mantuve la mirada fija en aquel sujeto por varios segundos más, quizá cerca de medio minuto o un minuto al completo... no lo sé, pero este fue el tiempo y la distracción perfecta para permitir a los cuatro nigromantes acabar con sus dementes cánticos. Sus voces también cesaron, perdiéndose la última palabra en el aire y ascendiendo hasta lo más alto de los cielos. En estos, repentinamente, una fuente de intensa luz se formó, soltando a continuación una descarga eléctrica como pocas se habían visto en la historia. Cincuenta rayos descendieron hasta impactar contra todos y cada uno de los cuerpos caídos, los de todos y cada uno de los enemigos caídos, carbonizando cada una de las partes que los conformaban, desmembradas o no. Cenizas fue lo único que restó de aquellas criaturas... cenizas que se movían por sí solas, como deslizantes gusanos por el suelo hasta convertirse en un solo cúmulo de materia grisácea. Bañadas por el agua no se veían mejor que el barro o que una desagradable papilla, y a medida que se fueron uniendo todas ellas dieron lugar a una alta figura humanoide cual golem destructor. Algunos usaban arcilla, mientras que otros preferían la propia esencia humana... esencia inerte. Un cuerpo de cerca de tres metros, con robustos brazos y piernas, un torso formado por una amplia esfera y una cabeza cúbica. No se podían distinguir más rasgos: ni ojos, ni nariz, ni boca ni orejas, solo cuando los relámpagos nos otorgaban el don de la visión se visualizaba la inmunda totalidad de aquella criatura antinatural. Un rugido destructor y monstruoso se dejó escuchar por toda la ciudad del pecado, anunciando el nacimiento de una bestia desconocida. Solo había una forma de la que podía responder a esto:

-Cállate...-un nuevo siseó de mortífera serenidad- Solo eres una abominación, algo que no debería existir... te enviaré allá a donde deberías encontrarte.

Flash. Como un nuevo relámpago nacido en la tierra, y no en los cielos, mi mano desprendió un poderoso haz de luz, el cual pasó a tomar presencia alrededor de toda el arma que con ella empuñaba. La metálica hoja no podía ya distinguirse entre el cúmulo de energía reunido a su alrededor, transformándola en un arma visible, mas imposible de ver al mismo tiempo, pues cegaba al instante a todo aquel que clavaba su mirada sobre ella. La espada de la justicia... aquella que tomaría el camino del bien, aquella vía que guiaría a la raza humana hacia su salvación y no hacia su inminente caída. Sería ella, junto a su portador, la mesías de este nuevo mundo, manchándose con tanta vil sangre como fuera necesaria, ensuciando el alma y el corazón de quien la esgrima, mas asegurando la pureza y la inocencia del resto a los que protege. Ese era su concepto... esa era la razón de su existencia... y ahora era el momento de demostrarlo.

Paso, paso, paso, paso. Camina el dios de la muerte para enfrentar a su inminente destino.

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