El nacimiento de un hada [Fan-fic #1 Naomi]

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El nacimiento de un hada [Fan-fic #1 Naomi]

Mensaje por Invitado el 09/08/15, 01:28 am



El nacimiento de un hada


Paredes blancas… Una cortina… ¿Dónde estaba? Ese no era el vagón, ni su escondite, ni un hotel, ni una casa abandonada… Oh, sí. Ya lo recordaba. Recordaba todo. Y como cada vez que lo hacía su mente comenzaba a darle vueltas. Pero… Era demasiado difícil aún, demasiado duro para ella ¿Qué podía hacer? Las lágrimas simplemente no le salían, quería llorar por él, era lo mínimo que se merecía luego de haber cuidado de ella durante tanto tiempo ¿no? Quizá las lágrimas podían liberarla, hacerla sentir mejor, él se lo había dicho, que era bueno llorar si sentía que debía hacerlo, cuando estuviese triste. Pero ¿Estaba triste? Más que triste sentía un vacío, como si algo o estuviese bien dentro de ella, como una enfermedad terminar que de a poco la estuviese absorbiendo.  

Las imágenes se le arremolinaron en la cabeza una vez más, abatiéndola y robándole la respiración. Cerró sus ojos con fuerza y se acurrucó, simplemente quería dormir, dormir cuanto hiciese falta, dormir y que cuando despertase su pecho no doliese tanto. Pero no podía, tanto despierta como dormida todo le parecía una pesadilla, una de la que quería despertar lo antes posible. Tapó su cabeza con la delgada manta que le habían puesto; tenía mucho calor, quizá por la fiebre, pero no le importaba, quizá tenía suerte y la fiebre la mataba ¿Acaso no decían que altas temperaturas en los niños eran muy malas? Lo había leído por allí y esperaba que fuese cierto. Pero llevaba días en la misma situación y no parecía morir. Agonizantes días que no parecían acabar.

No podía recordar cómo había llegado hasta allí, a pesar de que había intentado recordarlo varias veces el problema era que no sabía cuánto había soñado y cuánto realmente había ocurrido. Pero un hombre le había dicho que lo había hecho sola, por sus propios medios, y que se había desmayado apenas entró. Había lapsus de tiempo que simplemente no recordaba, porque no estaba realmente. Siquiera ella podía explicarlo con exactitud, pero desde que había… Muerto, desde que Jean había muerto hacía tan sólo unos días su mente iba y venía a gusto. Más iba que venía.

Apretó sus ojos con fuerzas, como si aquello pudiese hacerla dormir de verdad, pero al poco tiempo se rindió. Se quedó quieta durante un rato, sin saber si los minutos o las horas iban pasando, tampoco sabía hacía cuanto había pasado todo, mentalmente fácilmente hubiesen pasado años, pero la realidad era que más de dos semanas no llevaba allí. Quizá no más de una.

Sintió unos pasos firmes, alguien venía, quizá a darle de comer. Pero no se movió, las primeras veces había intentado fingir que estaba bien para poder irse, pero habían notado sus intenciones y su desgasto era notorio, ya se había rendido de intentarlo. — Vamos niña, siéntate — Era la voz de la anciana, una mujer de cabello rosa que parecía no ser de muy buen genio. La castaña hizo caso y se sentó, robóticamente. Miró el plato que le traía la mujer: sopa, como todos los días, y como todos los días también su estómago le rugía. Lo que le gustaba de aquella mujer era que no sentía lástima por ella, o al menos no lo demostraba, no como otros de los que había por allí. Si estaba en aquél estado era por su culpa, no debían sentir lástima por ella. Sin embargo su aspecto sí era lastimoso, y ella no se daba cuenta, las ojeras eran cada vez más profundas y se veía pálida, además de que de a poco perdía peso, se negaba a comer nada.

Miró el plato sin verlo realmente — Vamos, a comer — Ordenó a anciana, pero Naomi ni se inmutó ¿Para qué lo iba a hacer? ¿Qué sentido tenía? Solo estaba gastando las provisiones de un gremio que nada tenía que ver con ella ¿Qué decía? ¡Ni siquiera era maga! No podía considerarse como tal luego de… Pues de eso. No quería volver a saber de magia en su vida, ni de nadie más. Pero un golpe la sacó de sus pensamientos y la hizo sobresaltarse — ¡Ya basta! Me tienes realmente harta, mi trabajo es cuidar enfermos, no ser niñera, si quieres morir hazlo cuando no estés a mi cuidado — La pequeña la miró, cansada. Tenía razón, si quería morir podía hacerlo luego, había mil formas de hacerlo, no tenía por qué hacer que otra persona cargase con su muerte. Devolvió su vista al cuenco de sopa y levantó el brazo para tomar la cuchara, sintiendo que esta pesaba más que solo unos gramos.

Al beber su primer sorbo le dolió la garganta, no había notado lo seca que estaba, y eso que había bebido agua a veces, cuando su dolor de cabeza no daba para más.  Luego bebió la siguiente. Y otra más. Lentamente hasta que acabó. Sentía la mirada de la mujer puesta fijamente en ella, sin dudas era una buena médico… Quizá ella sí hubiese podido ayudar a Jean… La de cabello rosa bufó y tomó el plato, para retirarse una vez más. De seguro volvería en un rato más, hasta entonces tenía varias horas para simplemente estar.
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¿Dónde estaba? Ese ruido… Ya lo recordaba. Estaba en el tren, durmiendo en el regazo de su albino maestro. — Babeas cuando duermes — ¿Qué? Se llevó rápidamente las manos a la boca, para comprobar que una vez más su serio maestro… ¿¡Tenía razón!? Completamente avergonzada limpió su rostro — ¡Sensei baka! — Le gritó enojada, provocando estruendosas carcajadas por parte del adulto. Como siempre, Naomi no podía evitar reírse también. Y es que era difícil enojarse con alguien que el 90% del tiempo parecía tener no más de 5 años, y eso que ella era la menor. — ¡Al fin te ríes! Todo el viaje habías estado seriota… Deberías ser más como la niña que eres — Exclamó el hombre — Como si pudiese haber dos niños… Contigo basta y sobra, Jean — Lo reprendió, cruzándose de brazos.

La muchacha miró por la ventanilla, había salido el sol hacía muy poco y les quedaba aún algo de viaje — No me despertaste para el amanecer — Murmuró algo molesta.

No podía, tenía fines científicos. —La castaña  frunció el ceño ¿a qué se refería con lo de fines científicos? —Verás… Todo este tiempo he estado haciendo un estudio.

No sabía que fueras científico… Que multifacético.

¿Multiqué? Oh, bueno, no importa, la cosa es que te necesito dormida para comprobarlo.

¿El qué?

Si una niña de diez años puede crear su propio río de saliva e inundar un tren. — Le lanzó una mirada asesina, pero a la vez estaba completamente roja de vergüenza ¡Siempre se burlaba de ella! ¿Cuándo sería el día en el que la tratase como debía? ¡No era una niña! Bueno, sí, pero… ¡Ya no tenía cinco años! Podía al menos dejar de reírse de ella por todo lo que hacía. — Algún día me enojaré enserio ¡Ya verás! — Amenazó la muchachita, para luego bostezar — Si, claro. Pero por mientras… Descansa, ese enojo te costará mucha energía y queda aún algo de trayecto — El mago le sonrió y señaló con su dedo índice su regazo — ¡Pero nada de babearme! — Advirtió, ganándose un golpe por parte de la castaña, quien seguido apoyó su cabeza y cerró los ojos.
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Despertó de golpe, una vez más; mirando desesperadamente hacia todos lados, buscando la cabellera plateada de su maestro. Pero sólo se encontró con la oscuridad de la noche. Intentó recuperar el aliento y lo consiguió con el paso de los minutos. La realidad volvía a azotarla. Se incorporó y llevó ambas manos a su rostro, para limpiar un poco el sudor. Estaba temblando, y no por la fiebre ni el frío.

Miró hacia la ventana que tenía en frente. Quería sentir el aire fresco de la noche en su rostro, quizá podía huir de allí y lanzarse a un río. No, no quería morir a manos del elemento de su maestro. Lanzarse de un lugar alto, quizá, aunque no creía que pudiese escalar nada en sus condiciones… Quizá se merecía morir de forma lenta y dolorosa, de hambre o por deshidratación. Qué irónico, gracias a las clases de supervivencia de su maestro conocía cientos de formas en las cuales podía morir.

Movió sus pies fuera de la manta y respiró profundamente. “Uno… dos… y ¡…! Ahora sí… Uno… ¡Ya!” Se lanzó al frío suelo, estando a poco de caerse. Las piernas le temblaban, era como si no hubiesen sostenido nunca antes su cuerpo. Se afirmó de la camilla y se dispuso a dar su primer paso. Lo logró, con dificultad, y así mismo avanzó todo lo que pudo, hasta llegar a la baranda final de la camilla. Ahora debía dar un par de pasos sin sostenerse de nada y subirse a la ventana, quizá en condiciones normales no hubiese sido problema alguno, pero en aquél mismo minuto sentía que todo le daba vueltas. Se arrepentía de no haber comido las sopas que le habían dado.

Quizá lo mejor sería devolverse a la cama ¡Pero llevaba la mitad del camino! Debía al menos intentarlo, asomarse por la ventana y mirar la luna, mirar el paisaje nocturno que allí había, con eso se conformaba, con eso podría dormir y no despertar más. Era el único deseo que le quedaba por cumplir.

Pero dio un paso y cayó, torciéndose el tobillo y haciendo ruido. Se quedó allí, tendida en el suelo, helándose y mirando hacia la nada. No podía levantarse, no necesitaba intentarlo para darse cuenta. Ni asomarse por una ventana podía.


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Una tenue luz llegaba a su rostro desde la ventana. Abrió los ojos y miró a su alrededor, esta vez recordaba perfectamente que estaba haciendo allí: Apreciando los hermosos azulejos, claramente. Movió su cabeza en dirección a la ventana, parecía estar a punto de amanecer… ¡Un amanecer! No podía levantarse ¡Pero debía verlo a como dé lugar! Eso… Jean amaba los amaneceres, cada año nuevo se quedaban esperando el amanecer, él decía que cada amanecer brindaba nuevas oportunidades. Quizá aquél podía darle algo, una nueva perspectiva de la vida, un nuevo comienzo, lo que fuera. Necesitaba desesperadamente aferrarse a algo, así que se arrastró hasta la muralla. Al llegar allí se afirmó de una mesita e intentó levantarse, pero terminó volteando mesa y todo al suelo. No importaba, aún quedaban algunos segundos antes del momento más lindo, cuando el día y la noche se confundían, cuando… Cuando veías el sol por el horizonte ¡Quería ver el maldito horizonte!

Se sentó sobre la mesa volcada. Oía pasos a lo lejos, quizá había despertado a más de alguno. Debía apresurarse, si alguien llegaba la volvería a meter en la cama, no quería mirar por la ventana, quería presenciarlo realmente. Estiró sus brazos hacia el marco y consiguió pararse. Ahora debía lanzarse hacia afuera. Pero los pasos estaban muy cerca ¡Debía darse prisa! ¡Sólo quería verlo! ¡Y estar bajo el cielo! Quería sentir algo…

Estaban justo detrás de la puerta cuando la muchacha se lanzó de bruces hacia fuera. Se arrastró como pudo para alejarse de la ventana, tenía la ventaja del tamaño, los magos de aquél lugar tendrían que darse una vuelta  más larga para llevarla dentro, no correría el riesgo de que la tomasen y echaran por los suelos todo su esfuerzo.

Sus dolores desaparecieron durante un instante, y sus preocupaciones también. Él estaba allí, junto a ella, como siempre había estado, desde que tenía memoria. En la solitaria mansión,  en el frío bosque, no importaba el lugar, el siempre había estado allí para ella, para protegerla y enseñarle. Pero el recordar que no estaba realmente allí era doblemente doloroso, saber que nunca más se burlaría de ella, que no le cocinaría su postre favorito, ni le llevaría su chocolate caliente en invierno, ni la taparía cuando se quedase dormida sentada leyendo. Casi hubiese sido mejor que jamás hubiese existido. Si, llevar todos esos recuerdos a un rincón y fingir que todo había sido un sueño, igual que la última vez. Quizá podría funcionarle por un tiempo, si se mantenía ocupada, si utilizaba su cabeza en alguna cosa que la dejase tan agotada que por las noches no le quedara más que dormir.

Llegó un viejo hombre de cabello azul y la tomó. La castaña no dejó de mirar hacia el horizonte hasta que entró al gremio y el techo no le permitió seguir viéndolo más. Había tomado una decisión, no sabía si era la correcta pero al menos le daba algo de aliento, finalmente tenía algo que hacer, unirse al gremio, mantenerse ocupada y vivir.

Cuando la dejaron en la camilla miró a la anciana regañándola, pero no la oyó, su mente automáticamente repelió aquello. Y sonrió, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro, comenzó a reír a carcajadas ¡Era tan tonta! ¡Demasiado pequeña y estúpida! Y aquello le causaba muchísima gracia. Sólo debía olvidar, el tiempo cerraría sus heridas y podría re comenzar su vida otra vez, sin nadie a quien conocía incluso podía cambiarse el nombre. Aunque no lo haría, tampoco es que fuese muy relevante y le gustaba.

La anciana y el hombre la miraron raro, como si estuviese loca o a punto de morir, así que pronunció sus primeras palabras después de tantos días sin habla — Quiero unirme a Fairy Tail, por favor —  Sus ojos al fin brillaban, mostraban algo que no fuese vacío, en su corazón de niña aquello se sentía como un juego, un juego cruel, de borrón y cuenta nueva. Eso era lo bueno cuando nadie te conocía, podías hacerlo cuantas veces lo necesitases. Ambos adultos la miraron, sorprendidos de oír su voz — Al menos podrías presentarte, niñata — Diría la anciana de cabello rosado — Llevas días aquí siendo atendida y ni hola habías dicho, por un momento creí que habías quedado muda por alguna impresión muy grande, ni siquiera dijiste algo sobre el porqué de tu estado, no comiste durante días — Si, la estaba regañando, pero ninguna de las palabras de la anciana hacían que su risa se borrase. Aunque algo dentro de ella le decía que para cuando mejorase le esperaba un castigo bien merecido.

—  ¿Qué fue lo que te hizo despertar? — Preguntó algo menos enojada.

El amanecer, señora, uno se despierta con el amanecer — Respondió con naturalidad, como si fuese normal cambiar tanto por la salida del sol, como si todo fuese tan fácil. — Y mi nombre… Me llamo Naomi, Naomi Nara, señora.  

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